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Desvelado

Por allí amanece. Donde los caminos andados y las noches de verano Por allí va sin prisa, creciendo hacia mí, la primera luz del día.

Silencio revolucionario

Esas tiras de luz son la veladura de la tarde patinando sobre este cielo, quizás desde el cielo particular de la ciudad donde vives. La luz que envías se recibe en este Oeste como el derrape de un rio cuya presa ha estallado de golpe en las montañas. Los árboles desnudos del parque no pueden ser otra cosa que iconos de una revolución tenue amparada por el silencio. Dime, a qué hora oscurecen los campanarios en tus oidos, cuándo levantarás tus ojos del libro para que tu pensamiento  se desmaye de nuevo sobre mí.  

La poesía sin ti

Como una húmeda mecha en los incendios de esta rutina. Como la génesis de un dolor, un rayo sin precisar, un círculo con fuga. La poesía sin ti -dicotómica a medias, orgánica, fuerte, viva- transpira y huele y reluce y sangra. Con ella las raíces atrapan tus tobillos, y suben hacia ti los versos, chupando luz y tierra, luchando por aproximarse desnudos hacia ti desnuda, erradicando con silencios el mínimo rastro de mi memoria sobre tu anatomía. A P, por si las dudas

Incendio poético

Antes de salir a extraviarme y a pensar distraídamente en ti voy a procurar que el desarrollo de una chispa culmine en un incendio poético, que seas impulso y que seas también la cuerda elástica vertebrando de nuevo toda mi anatomía Es interesante ser tu artesano o el elaborador de tu yo aquí en el reverso Mientras tanto (allí), tu tarea es poner paz en el mundo: tu respiración es el ritmo salvaje que nos da continuidad y vida en esta parte de la realidad tan iluminada

Ser feliz también cansa

Vivo en una roca verde junto al mar Me alimento de salitre y atardeceres Me acompañan gaviotas, grillos, pulpos... Por lo demás estoy solo en esta península breve y tropical Cae la noche porque cierro los ojos Duermo porque, al parecer, ser feliz también cansa

Semificción poética del 26 de marzo de 2006

Imagen
No hay rastro de astros en este cielo que huele a violeta junto al mar. Una luz granulada asoma tras las montañas, y al murmullo semidormido de la marea le acompaña un estribillo en bucle de jilgueros invisibles. Por un momento deseo que el mundo se termine esta noche, que, de acabar, la película finalice con la madrugada jactándose de toda la belleza acumulada y la eternidad se perpetúe como una postal antigua inalterada por el tiempo. Pasa ese momento, y lo transitorio vence a lo eterno. Las nubes, negras y azules, desarreboladas , escinden el cielo inmaculado que hasta entonces sostenían con habilidad entre bambalinas. Ahora llueven, quietas, moteadas, las estrellas en el arco metálico del alba. También el cielo inverso, reflejado en un espejo de olas y de sal, se divide en dos cuando una franja solar emerge de la vulva del mar y la mañana justifica la postal eterna que ya nunca será.

Prosa mañanera y tontorrona

Las rendijas de luz se cuelan en la penumbra, avanzan a velocidad de amanecer hasta que siento el calor del astro naciendo en los párpados. Y me despierto, y me quedo extrañamente suspendido en el recuerdo y hasta el recuerdo mismo me parece ajeno. El tiempo, el viento, las playas donde flotaba tu pelo. Supongo que éramos extraños entretenidos en el dolor y en el mar, que no hicimos caso de las señales que dibujamos con inocencia en la repetición de los días y las noches. Ahora sólo tenemos la erosión del tiempo, las partículas que se difuminan y que apenas llegamos a vislumbrar desde el compartimento estanco de nuestras vidas.