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Mostrando las entradas etiquetadas como relato corto

Madrid-Granada

Olivos blancos, fantasmales campos. Agua y nieve se escapan en salpicaduras, diría lascivas, por debajo de las ruedas y yo tengo miedo de ser un snowboarder adormilado sobre el autobús. Me acuerdo de la guerra y el progreso mientras por la ventanilla se produce una sucesión violenta, una coreografía de once coches y diez colisiones (videojuego arcade, pantalla final, una vida) Y qué bonita la nieve y qué bonito el cambio climático (rápido Pekin! disparemos a las nubes!) Todo el arcén es diez o veinte centímetros de blanco. Otros dos coches parecen jugar al pin-pón separados por la barra quitamiendos y los olivos que ya no veo me hacen recordar a los Jackson Five de Serradilla mientras Cohen me susurra al oído serenatas de invierno y los coches anónimos parpadean en esta carretera del susto, quien sabe si de la muerte... Muchas familias (pepinos adelantando con la última de Pixar en el DVD) pasarán aquí la noche, muchos camioneros permanecen resignados en los rediles de nieve y en la...

Ríos de ficción, mentiras inofensivas

Ó silba distraído. Esta tarde le da por sortear hileras de abetos que hace tiempo alguien distribuyó torpes y paralelas en los márgenes del río. Por dentro asimila todas las razones de su huida. Al mismo tiempo intenta no caer en el error de negarlas desde un primer escalón moral. El amor, la sociedad, la mentira, la inquietante presencia de eso que hay quien llama naturaleza. En la esquina del parque un niño se desafía creando un arco cada vez más largo con las cadenas oxidadas del columpio. Más allá, dos amantes estudian con romanticismo de telenovela la vereda del río y se ensimisman en el contraste aplastante de las aguas plateadas y la implacable y árida textura del asfalto. Mis ríos no son así , se dice. Tampoco los de Oliveira . Un fastidio no ser niño. Ni amante. Esto no es París . Y tampoco es literatura pero él aún no adivina esa certidumbre porque la tarde ya casi está terminada y una sucesión de imágenes interrumpen su digresión para acercarlo efectivamente al ejercicio nar...

Noise

Made me realise___My bloody Valentine Abro los ojos y todo está oscuro salvo la presencia de unas rendijas de luz que se fugan por la persiana de su infierno naranja. El hambre me retuerce el estómago y parece que tengo un balón sin válvula dentro de mí. No tengo reflejos ni nociones horarias. Sólo la luz naranja artificial colándose en mi duermevela controla mi presente en esta madrugada repetida. Duermevela, sí. Thats me . Y tengo tanta hambre... ¿Cómo se llamaba ese grupo? Pastel de manzana. ¿Gloomy?, ¿Bloomy? Bocadillos de jamón con pan de verdad. ¿Sonic Youth? No, no. Pizza cuatro quesos, plato combinado, sobaos pasiegos. No sé qué hora es, está oscuro y ni siquiera estoy despierto, pero en este silencio lisérgico tengo tanta hambre que sólo puedo pensar en el noise nutritivo de My bloody Valentine.

Técnicas de autoayuda

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Embrutecido y solo, pensaba en lo inútil de definir una percepción concreta de mis ídolos. De cuando en cuando finas esquirlas de cristal de espejo se formaban trabajosamente al contacto áspero con el rail de la mirada caleidoscópica. Las distancias mates y fresadas de sus bordes eran certezas de algo ajeno, oblicuo a la realidad más inmediata, una especie de representación holográfica sin definición cromática ni corporeidad. Con el soplo eólico del sueño me difuminé disperso y ágil, mustio, como aquel muchacho tímido que hace años lloraba conmovido por el brillo elitista e injusto de las estrellas. No hay derecho, ayer de madrugada Tomorrow volvió sin prisa. Lucía un desdén lento y seco, vírico, como la lava de un volcán deslizándose vomitiva por las laderas. Las marcas del reloj se fueron distanciando, lo suficiente para que yo decidiera escapar despavorido de la cama atroz donde ya a esas horas intempestivas se cantaban, voz en grito, axiomas éticos y literatura gris a partes ig...

Tambor

clic Tambor no para. La evolución lo revoluciona poco a poco. Está ensimismado en el ir y venir de bajos y baterías, líneas espectaculares de cuerdas, imparable sonido jugando en el metálico estómago de espirales que no cesan. ¡Sintetizadores! ( electrofelicidad creo que era esto pienso yo mismo interrumpiendo el relato como narrador y no como Tambor). Son las 2:30 y Tambor se mira los pies porque presiente que está levitando, y sí, efectivamente, está levitando. Unos centímetros apenas. Recuerda lo que leyó hace unas horas: el escritor tenía razón. ¿Qué diría el músico? Malditos cabrones afortunados. Eso es lo que piensa Tambor mientras recoloca la pierna y sigue buscando el ritmo que no para y que ahora ya está crecidito. Decide subir el volumen y cerrar los ojos. Pero, ¿a ver? Mmmh... con los ojos cerrados no puede escribir. Piensa que va a probar: (flap) avusca as marcas del teclado u dibika ña m úsica en la oscuridad, se fia de su . No, no funciona, abre los ojos, ve que aún no e...

Sucedáneos

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Hace mil años, cuando llegué a esta ciudad, me sentí abrumado por la inexistencia. Si no existe, nada existe. Y realmente no existía. Vi que la orografía determinaba mis ánimos. Sentí que podía tocar el horizonte árido y serpentino con la punta de los dedos, alcanzar los cerros ralos y borrarlos de una bofetada que devolviera su porción de azul marino al cielo azul celeste. La ciudad era, y es, un recinto absurdo y desolador, un circuito de risa que en media hora podría recorrer si aceptase hacerlo tragándome la pesadumbre de visualizar un travelling de lo baldío. No es sano correr con los ojos cerrados. Hoy ya casi da igual. El mar no está, no lo percibo en los pulmones. Ni en la distancia siquiera. Pero todo tiene arreglo en estos tiempos. No hay mar, no, un capricho de Pangea cuando se desperezó hace algunas eras. No siento nada, ni las vibraciones de su oleaje, ni su espuma, ni sus atardeceres, pero tengo la suerte de tener el tráfico siempre que lo necesito. Un sucedáneo fácil. ...

Cazando terodáctilos

Busco en las aventuras de mis sueños los dinosaurios que no soy de capaz de cazar en mi día a día, me arrastro entre bosques de antídotos agarrado tembloroso al fusil como si fuera la civilización entera lo que se está jugando en esta causa que es sólo mía. Me relajo en los pasos fronterizos, en las paradas forzadas, como cuando eramos niños y en nuestros juegos casa era la seguridad en toda su definición, pero no sabíamos, no podíamos ni imaginarnos que esa metáfora sería la suprema, la más importante nada más abandonar la infancia. Ahora las mareas son constantes y nada se termina nunca sino que todo se tambalea, continuamente, sin romperse, y a veces cuesta hasta respirar el oxígeno infinito en los acantilados que gobiernan el mar con esa posición de animal maltratado, servil y pétreo. Es una pena, tenemos la solución: aparece y desaparece en momentos de lucidez embriagadora, la soltamos, se la lleva el viento como una hoja y vuelve caprichosa boomerangueando en un zis zas zis zas,...

Puenting a las 00:28

Sé de sobra cuándo me voy a ir a la cama sin cenar. Es justo a las 00:27, el momento exacto en que el estómago da un triple salto mortal y en una carambola cruel choca con violencia contra el corazón cuando éste está buscando la forma de lograr el latido número 64921 del día. El mundo se me viene encima casi literalmente, me veo a miles de millones de kilómetros desde el alfeizar del universo y me da lástima haber sido sólo una broma, un chiste estropeado por el azar. Ahora mi no plan se basa únicamente en no pensar, mi única meta es perder el conocimiento cuanto antes, evadirme de este vértigo. Me alivia pensar que soy un experto en eso, me levanto, voy hacia la cama y me dejo caer desde muy muy arriba como si hiciera un puenting sin cuerdas ni sentidos al abismo de la inconsciencia.

Cabe esa posibilidad

Sudáfrica. Cape Town. 2am. En el enorme loft de la quinta planta empieza a evolucionar un techno bailongo, maleable, sutil. Por los ventanales se filtra una luz tímida y aterciopelada. La luz de la luna llena africana. El tono pálido parece contradecir la certeza de una agradable sensación tropical de música y vaivén y cuerpos meciéndose al vaivén de la música. Desde la terraza, se ven muy abajo los faros de la ciudad que tintinean alegremente en nuestros ojos a causa de los cócteles y la cerveza. Alcohol. Efluvios que tejen un presente ajeno, casi cinematográfico. Hay un decálogo tácito, un circuito de beber y sudar. Sonreir, jugar, comer, bailar sin previsiones ni perversiones, sin señales horarias, sin mañanas. Sólo el arco que la luna va trazando en el cielo limpio nos puede engañar haciéndonos creer que todavía existe aquello que una vez llamamos tiempo. Nada parece haber más que el oblicuo skyline de la ciudad, la terraza, la luna y el cielo. Tenemos la extraña esperanza de que n...

Contra la desidia, ironía

Ayer me llegó un sms de madrugada. Alguien, un amigo supongo, me instaba a planchar los kilos y kilos de ropa que almaceno con desidia en la sala y en el armario de la habitación. Me dio instrucciones precisas: Cndo lo agas yamam, yo rsolbre to2 tus proble+ No sé quién puede ser pero me entrego plenamente a su socorro, no me ofrecen panaceas tan originales todos los días.

Objetivo horizonte

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Y el viejete por fin habló y dijo: "No es que yo sea un sabio qué va, pero sé por experiencia que cuando terminas por conseguir algo se va al traste toda la ilusión que ponías en luchar por ello. Con esto no quiero decir que no busques lo que quieres sino que tengas algo previsto para después"