Hace mil años, cuando llegué a esta ciudad, me sentí abrumado por la inexistencia. Si no existe, nada existe. Y realmente no existía. Vi que la orografía determinaba mis ánimos. Sentí que podía tocar el horizonte árido y serpentino con la punta de los dedos, alcanzar los cerros ralos y borrarlos de una bofetada que devolviera su porción de azul marino al cielo azul celeste. La ciudad era, y es, un recinto absurdo y desolador, un circuito de risa que en media hora podría recorrer si aceptase hacerlo tragándome la pesadumbre de visualizar un travelling de lo baldío. No es sano correr con los ojos cerrados. Hoy ya casi da igual. El mar no está, no lo percibo en los pulmones. Ni en la distancia siquiera. Pero todo tiene arreglo en estos tiempos. No hay mar, no, un capricho de Pangea cuando se desperezó hace algunas eras. No siento nada, ni las vibraciones de su oleaje, ni su espuma, ni sus atardeceres, pero tengo la suerte de tener el tráfico siempre que lo necesito. Un sucedáneo fácil. ...
Comentarios
Me explico.
Creo que es precisamente de ese horror ante el abismo, de ese temor a la no-existencia, de donde surge la devastadora ansiedad que conduce a las personas a esa espiral de consumismo, egoismo y canibalismo que tan bien ejemplifica nuestra querida sociedad de hoy en día.
Sentado frente a un banquete, y con la perspectiva de que este pueda desaparecer en cualquier momento de forma inesperada, la reacción del grueso de los seres humanos es deglutir el mayor número de alimentos posibles, sin pensar lo que ello desencadenará, ni por supuesto, en el resto de comensales de la mesa.
La Ilustración, y el cientifismo posterior, abrió un agujero en el alma de la Humanidad, al negarle su espiritualidad por no ajustarse esta al más básico empirismo; sin percartarse de que en realidad el Mundo está más dentro del ser humano que fuera de este.
En todo caso, un humano sin espiritualidad, sin una profunda autoreflexión, es una criatura coja y disfuncional, que trata de llenar sus deficiencias a través de los actos y estimulos más primitivos e instintivos; con el perjuicio que esto conlleva para los congéneres que le rodean, y para el propio planeta que habita.
No digo que no se pueda llegar a un equilibrio sin pasar por ahí - hombres de la talla de Mujica lo demuestran -, pero es, desde luego, un camino tortuoso y complicado.
Creo que esta falta de reflexión individual sobre nuestra propia existencia, tan ausente en nuestra educación y en las bases de nuestra sociedad, es uno de los motivos principales por los que estamos mandando todo al carajo tan eficaz y rápidamente.
Que no deja de estar emparentado también con la falta de educación ética y moral. Pero van de la mano.
Espero que me excuse el señor Mujica, al que admiro profundamente, por usar sus palabras como excusa para esta reflexión.