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Lección

Charcos y claros, torbón.
Nubes con busto de reyes,
soldados y emperatrices
que plantan cara
al horizonte.
Al pie del muro,
entre las piedras,
germina un verano
con lentitud,
sin soberbia.
Hace falta mirar
atentamente
para comprender
y aún así solo se entiende
lo que se ve
como la percepción
de un relámpago
que aparece y desaparece
de reojo.
Los días ya declinantes.
Las quietas noches.
El olor del agua
de los campos
que asciende en silencio
hacia el cielo remoto.
Una oración
antes de medianoche.
Si acaso
el brillo callado
de alguna estrella.

Naturalmente tú

Tu tez, luz en el invierno.
Tus pecas en las mejillas
y en la frente, en verano.
Tu pelo posado como el copo caído
que sigue el curso de un río.
La cicatriz accidental en la mejilla
izquierda, sus variaciones, su suavidad.
Tus iris, tus orejas, los pliegues
de tu cuerpo cuando te retuerces
en unas cosquillas o en el estático
amanecer.

Naturalmente tú.

El segundo dedo
de tu pie derecho
-empezando por la izquierda-
El centro de tu espalda,
el lugar exacto
donde dejo mis besos
como banderas.
El aire que sueñas
cuando te duermes en el sofá.

Naturalmente tú.
Solo tú.

Cada verano

Cada verano es una sorpresa
en las noches quietas.
La calma aplana, desde el mar
a las montañas,
y un ciego puede imaginar al detalle
la tranquila penumbra 
escuchando tan solo
el mapa sonoro de ladridos.

El invierno, sin embargo,
es dramático y tempestuoso.
Llena de confusión las cabezas,
y hace retumbar la tierra
en las cuevas que bostezan
bajo los acantilados.

(Por si no lo sabeis:
aquí solo tenemos dos estaciones)

En invierno, el mar golpea,
inclemente, a nuestra puerta.
Los días apenas consiguen lograrse,
anegados bajo el temperamento
del clima y el gris plomizo del cielo.

Pero en verano los gatos pasean
en sagrado sigilo sobre las cercas
-Siempre de noche. Estoy hablando de la noche-
El mar, el mismo que ensombrece los inviernos,
duerme como un animal rendido,
harto de enbestir inútilmente
contra la roca.

Sobre los campos y los maizales
las estrellas posan con delicadeza
sus salutaciones.
Siguen ladrando los perros
allá a lo lejos, lo suficientemente cerca...
Con pausa, en el banco del porche,
se vuelve posibl…

La espera

Cierto tono en el ambiente
-casi como un presagio
que se derrumba sobre la noche-
me hizo cambiar de planes
mientras te esperaba.
De la cerveza y el libro
bajo el límite gris del cielo
pasé a una libreta de pauta clara
y el deseo sobre la frente
de dejar algo escrito.

La noche empuja el gris cielo
hacia abajo.

Pienso en este momento
y en el momento dentro
de veinte minutos.
Otra premonición.
Otra diversión que me depara
el tiempo. Su emoción eventual,
entre la ilusión y la trascendencia.

Y no termina ahí -solo hacia adelante-
el relato de la tarde adormecida.
Hacia atrás, la escena de farola y muro
se dibuja sin trabajo en la memoria.
Ya cae la noche en todas las direcciones.
Ya se drena por entre los huecos
de un letargo sorprendido, un tropismo,
y el desafío oportuno
que se presenta como una toma de aire
tras la angustia de la imersión.

Vacilo, derivo, vaivén...

Ya está aquí la punta de lanza,
el pronóstico de los veinte minutos.
Ya apenas veo lo que escribo.
Ya pasó ese momento.

Pensamiento de un perro frente al fuego

Qué conjuro de colores proyectado
sobre olor a piedra y hiedra.
Hacia qué prados, con qué vientos
se va este minúsculo calor
que empieza junto a la alfombra
y que se lleva la tarde.
Con qué fin estas volutas
incipientes de humo y tedio...
Cuándo podré ver, en definitiva,
al gran animal reposado
sobre su panza, allá a lo lejos.
Cuándo poder ser
como esas hojas anaranjadas
que agitan mi mirada
tras el cristal.

Costa de Akyarlar Bodrum, Turquía, 02/09/2015. 6 am.

Me acuerdo de los que son como él.
Todas las noches.
Después de apagar la luz.
Especialmente en invierno.

Es mi momento de debilidad. El resto del día ando perdido en una selva de clics y despueses. Entre el pasado y el futuro. Pero la noche es diferente, te encierra junto a tu mente en una jalea de infamias.
Ayer M lo vió de refilón en la tele, mientras jugábamos al Scrabble en casa de mi hermana. Era una imagen de archivo, la que se quedará grabada durante mucho tiempo en la verguenza de este continente. M lo vio y se giró hacia nosotros, los mayores, como exigiendo explicaciones. "¿Y ese niño?". La pregunta sonó en su boca como un trueno. Sin dudar, me apresuré a dar una respuesta adulta, respetuosa con su edad pero veraz, apoyada en una leve caricia de su pelo.
Entonces se dibujó la incredulidad en su rostro e hice propio el silencio de Europa, su irresistible verguenza. Fue como la breve reflexión cuando devolvemos la oscuridad a la noche antes de dormir.
Dura sólo un momen…

Borrador

Imagen
Nunca más volveré a pisar Barcelona,
ciudad enigma, fantasma que siempre
he ignorado en el pensamiento
y en mis sueños.
Hoy voy a Valparaíso,
a Buenos Aires, Toledo,
Cuenca, Nueva Orleans,
Venecia, Chicago,
Sarajevo.

Cosmopolita exquisito,
sólo me valen los adoquines
de las calles
como las de esa ciudad
andante y reflexiva
-Estrasburgo-
Me valen algunos parques,
las azoteas, algunos puentes,
las tiendas pequeñas sin letreros
y sin hilo musical,
las bicicletas demodé
y las estaciones de tren,
esas cavernas en penumbra
de las urbes.

Rural acérrimo, pero cansado
de pisar la grava y los senderos,
de mirar el pueblo
-desde lejos, in situ,
como se mira el mar
con los prismáticos-
así camino yo por mis días.

El hastío descansa
intermitentemente.
Entre lunas
sigo andando.
Entre el hormigón
y la floresta.