9 may. 2013

Madrid-Granada


Olivos blancos, fantasmales campos. Agua y nieve se escapan en salpicaduras, diría lascivas, por debajo de las ruedas y yo tengo miedo de ser un snowboarder adormilado sobre el autobús. Me acuerdo de la guerra y el progreso mientras por la ventanilla se produce una sucesión violenta, una coreografía de once coches y diez colisiones (videojuego arcade, pantalla final, una vida) Y qué bonita la nieve y qué bonito el cambio climático (rápido Pekin! disparemos a las nubes!) Todo el arcén es diez o veinte centímetros de blanco. Otros dos coches parecen jugar al pin-pón separados por la barra quitamiendos y los olivos que ya no veo me hacen recordar a los Jackson Five de Serradilla mientras Cohen me susurra al oído serenatas de invierno y los coches anónimos parpadean en esta carretera del susto, quien sabe si de la muerte... Muchas familias (pepinos adelantando con la última de Pixar en el DVD) pasarán aquí la noche, muchos camioneros permanecen resignados en los rediles de nieve y en las gasolineras. ¿Qué sería de aquel camión rebosante de cerdos? ¿Y del conductor borracho que reclamaba pendular e insistentemente los dos carriles? ¿Eran el mismo?
 
Retorno es Las Virtudes a las 19:01, seis grados centígrados (que te crees tú eso), la promesa de un poema gélido o de un cuento corto, torpe, apurado, emulador de Autopista del sur. 

Nos paramos como constatando las constantes vitales, preguntándonos si será bueno para el tránsito crear una capa de hielo bajo el estatismo de las ruedas. Hay atasco ahora. En la ventanilla opuesta sí hay mucha nieve y desde allí hasta la luna roja del conductor se prevé por fin el colapso total y las palabras más allá de Cohen y el futuro incierto y blanco que no verá este escrito. Leonard sin graves, nieve, soledad en el asiento 23 (ventanilla) de un Madrid-Granada cualquiera



En algún momento de 2010, en alguna parte, camino del Sur

8 may. 2013

Revelación diaria


Agachado,
con las manos enjabonadas
me froto los dedos de los pies,
los talones, el empeine cubierto de vello, las falanges.
Velozmente,
como una mecánica,
el ritual celebra una ducha más,
una vida a menudo sustentada
en su propia introspección.

Resulta familiar
cómo los dedos distintos
se entrelazan
siempre del mismo modo
y siempre durante el mismo
tiempo determinado,
gestando así
un hábito, una liturgia.

Pronto recuerdo
que algún día no estaré
y que nunca más
podré comprobar
de esta peculiar forma
mi existencia.

He vivido lo suficiente
para tomar conciencia
de mi propia historia
con toda su colección
de rutinas, sorpresas y capitulaciones.

Pero jamás viviré lo bastante
como para olvidar
los grandes acontecimientos
y los momentos cotidianos,
los instantes recreados
en la memoria, las ruinas,
la gloria, la concepción sagrada
de lo que soy.