Camisa blanca de juventud


En el pasado fue terrible
constatar el pasado precedente,
concebirlo tan sólo, 
ponerle otra vez
sonrisa, dimensión, 
casi palparlo
como a un fantasma indómito
superviviente de entretiempo
y exilios.

Llovió después bastante
y el radio de tiempo
colgado de ese eje preciso
conmemoró la pérdida, año tras año,
como la leyenda inscrita
en cada vuelta
del cinturón de fuego y tiempo
de un roble inmemorial.

Sigue lloviendo ahora
y los lodos son ya
sedimentos de historia,
arqueología de sentimiento,
una mancha morada
tan prescindible como imposible
de borrar
de la camisa blanca de la juventud.



Cielo





Tú, cielo de Cohen etéreo,
dónde están tus nimbos,
a dónde vas allende en bloque,
llevando tus aguas
sin siquiera una mirada perentoria
a las brasas del fuego que abandonas.


Cielo de Waits, cielo de Miles Davis,
cuándo sonarán otra vez
tus trompetas en mi pecho,
cuándo volverás
a esta punta de mar afilada
a legitimar para siempre
las tormentas.


Cielo de Cave, cielo de George Winston,
a dónde llevas
tu solar deshabitado de cigüeñas,
la nación de solo aire,
la diáspora ovillada de tus nubes.


Dime,
dónde estarán tus nimbos,
dónde tu barriga de agua y viento,
dónde posas el abrazo de horizontes
de la tierra hecha a tu medida.




Pues eso


A cambio de las letras que no regresan
se acumulan los libros,
cajas de sueños, esperanzas, cóleras
que (es muy probable)
no leeremos nunca.

Por todas partes libros en desorden,
objetos de ansiedad, mudo reproche
de no haberlos abierto.

Miedo a morirse
sin hojearlos siquiera.

Con qué cinismo, 
con cuanta desvergüenza o qué locura,
después de todo esto nos ponemos
a escribir otro libro.


Los demasiados libros___José Emilio Pacheco

Soy un gato, soy todos los gatos



Soy un gato.
Soy todos los gatos.
Soy la casa alta
como una torre o una espina dorsal.
Soy arriba del todo
cada piñón que engrana
el pensamiento.
Soy un gato, soy cada gato
y cada máscara negra
que sonríe espantosamente
desde la pared.
Soy el susto que sale como una bala
al abrir la puerta del baño,
soy un gato grande y blanco y sordo
atento a los terremotos y al calor.
Soy el silencio que dejaste en el salón.
Soy un gato perdido
fuera de casa.
Un gato afónico
que espera
y sólo puede pensar...

Florita Almada lee

"Una vez llegó con veinte kilos. Y ella no dejó ni uno sin leer y de todos, sin excepción, extrajo alguna enseñanza. A veces leía revistas que llegaban de Ciudad de México, a veces leía libros de historia, a veces leía libros de religión, a veces leía libros leperos que la hacían enrojecer, sola, sentada a la mesa, iluminadas las páginas con un quinqué cuya luz parecía bailar o adoptar formas demoniacas, a veces leía libros técnicos sobre el cultivo de viñedos o sobre construcción de casas prefabricadas, a veces leía novelas de terror y de aparecidos, cualquier tipo de lectura que la divina providencia pusiera al alcance de su mano, y de todos ellos aprendió algo, a veces muy poco, pero algo quedaba, como una pepita de oro en una montaña de basura, o para afinar la metáfora, decía Florita, como una muñeca perdida y reencontrada en una montaña de basura desconocida"




Fragmento de 2666, de Roberto Bolaño, p.539





Silencio



Así, desgajado de tantos años pasados,
ahora soy un poco de nada perdido
en la habitación.
Me confundo si pienso en otros yo instalados
en otros momentos, en otros yo metidos
en otro pellejo, intentando comprender
lo que se ha llevado la trampa perversa
del silencio.


Esperar de venas de corazón abiertas
eso
que ha existido apenas
como un movimiento minúsculo
de hojas en la noche,
como el mito enterrado en lo más profundo,
el mito que jamás
verán vuestros ojos.


Esperar,
porque aún es temprano
para irse a soñar
y la tarde exige más y más silencio
que engendra nuevas soledades
y de nuevo silencio.


Y más silencio... 



Permanencia

Es denso el desánimo respirado a bocanadas de madera negra, como la atmósfera febril de nuestro planeta, el pesado mirar hacia el horiz...