De ambos lo nuestro



De mí, tus ojos verde Torbas
ajustados al cielo de un poema.
De ti, mis cabos sueltos,
tu mirada clínica sobre las maldades
de mi cuerpo.

De ti, el suelo que fecundas y
tus llamadas en el mar arrebolado,
la risa que asola una escueta tristeza
al otro lado de las líneas.

De mí y de ti, los silencios ad hoc:
la cordillera que nos separa
repartida entre el trémulo
y los chubascos.

De ti y de mí, de nuevo,
las cucharas en la cama,
la carta blanca para vivir
con la tranquilidad que da
ser amado.

De nosotros el aura,
de ambos lo nuestro.
 

¿Sociedad? (Octavio Paz)

Nada ha existido, en el pasado de los hombres, que sea comparable a esta realidad abigarrada y, por decirlo así, repleta de sí misma. Repleta y vacía: ¿qué hay detrás de esa enorme variedad de productos y bienes que se ofrece a nuestra vista con una suerte de generosa impudicia? Riqueza fascinante, es decir, engañosa. Al  decirlo, no pienso en las injusticias y desigualdades de la sociedad norteamericana: aunque son muchas, son menos y menos graves que las nuestras y que las de la mayoría de las naciones. Digo riqueza engañosa no porque sea irreal sino porque me pregunto si una sociedad puede vivir encerrada en el círculo de producción y el consumo, el trabajo y el placer. Se dirá que esa situación no es única sino común a todos los países industriales. Es verdad, pero en los Estados Unidos, por ser la nación que ha ido más lejos en ese camino y ser así la más perfecta expresión de la modernidad, la situación ha llegado a su límite extremo. Además, en esa situación hay una nota única y que no aparece en las otras naciones.
Repito mi pregunta: ¿qué hay detrás de esa riqueza? No puedo responder: no encuentro nada, no hay nada. Me explico: todas las instituciones norteamericanas, su técnica, su ciencia, su energía, su educación son un medio, un para... La libertad, la democracia, el trabajo, el ingenio inventivo, la perseverancia, el respeto a la palabra empeñada, todo sirve, todo es un medio para obtener ¿qué? ¿La felicidad en esta vida, la salvación en la otra, el bien, la verdad, la sabiduría, el amor? Los fines últimos, que son los que de verdad cuentan porque son los que dan sentido a nuestra vida, no aparecen en el horizonte de los Estados Unidos. Existen, sí, pero son del dominio privado. Las preguntas y las respuestas sobre la vida y su sentido, la muerte y la otra vida, confiscadas tradicionalmente por las Iglesias y los Estados habían sido asuntos del dominio público. La gran novedad histórica de los Estados Unidos consiste en intentar devolverlas a la vida íntima de cada uno. Lo que hizo la Reforma protestante en la esfera de las creencias y los sentimientos religiosos, lo ha hecho la Unión Americana en la esfera secular. Inmensa novedad, cambio sin precedentes en el pasado: ¿que le queda a la acción del Estado, es decir, a la historia?


Octavio Paz. Fragmento de La democracia imperial, en Tiempo nublado. 1983

Andamios (Seamus Heaney)


Los albañiles, al comenzar un edificio,
Tienen mucho cuidado de probar los andamios;

Se aseguran de que en los puntos clave no se deslizarán las tablas,
Aseguran todas las escaleras, aprietan las juntas de tornillo.

Y, sin embargo, todo se viene abajo cuando la obra está acabada,
Dejando al descubierto muros seguros de piedra resistente.

Así que, querida, si a veces viejos puentes
Parecen romperse entre tú y yo

No temas. Podemos dejar que los andamios caigan,
Seguros de que hemos construido nuestro muro.


Seamus Heaney. Andamios. Muerte de un naturalista (1966)

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Masons, when they start upon a building,
Are careful to test out the scaffolding;
 
Make sure that planks won’t slip at busy points,
Secure all ladders, tighten bolted joints.

And yet all this comes down when the job’s done
Showing off walls of sure and solid stone.

So if, my dear, there sometimes seem to be
Old bridges breaking between you and me

Never fear. We may let the scaffolds fall
Confident that we have built our wall.


Seamus Heaney. Scaffolding. Death of a Naturalist (1966)

Hablo de lo que somos




Llueve, madre. Aún es pronto.

Es una opción seguir errando
pero también lo es cambiar
y caminar juntos, hacer alguna de esas cosas
que nunca solíamos hacer:
ver los relámpagos caer como alambres
sobre el altar de hierro en la playa,
ir de la mano bajo las lunas de Lisboa en abril,
enseñar juegos a los niños, aprender de nuevo
un idioma, repasar los ríos y las canciones,
los nombres de las casas,
abrazarnos, contar secretos,
viajar.

El día de hoy está pidiendo
regresar, con esfuerzo, al corazón del Cioyo
o volver a rasgar con un cuchillo
las barbas de mejillones
atados a las rocas,
como haces para siempre
en esa vieja fotografía.

Mirar a la cámara, juntos esta vez,
contenidos, inquietos,
mirar al futuro, quedarnos
   así.




Primavera, río


Ya conviven los colores
en la curva del río.

Hace frío, la mañana
es implacable con los débiles.

El cauce arrastra un bloque denso
de niebla, una traída de montañas.

A la vuelta del muro,
el mar parece un corzo herido,
un quejido, algo quieto
que estalla.


Recogida de moras (Seamus Heaney)


A finales de agosto, después de mucha lluvia y mucho sol,
durante toda una semana, las moras maduraban.
Al principio sólo una, un cuajarón brillante y púrpura
entre las demás, rojas, verdes, duras como un nudo.
Te comías aquélla y su carne era dulce
como vino espesado: sangre de verano había en ella
dejando manchas en la lengua y ansia para
seguir comiendo. Después las rojas se oscurecían y aquel deseo
nos enviaba con frascos de leche, botes de guisantes y tarros de
   mermelada
adonde las zarzas arañaban y la hierba húmeda decoloraba nuestras
botas.
Alrededor de los campos de heno, de mieses y bancales de patatas
caminábamos y recogíamos hasta llenar los recipientes,
hasta que, cubierto el fondo con las verdes,
los botones oscuros ardían en lo alto
como una fuente de ojos. Nos escocían las manos
por las picaduras de las zarzas, teníamos las palmas pegajosas como
   las de Barba Azul.

Almacenábamos las bayas frescas en la vaquería.
Pero cuando la tina estaba llena y una tela de moho
color rata la cubría, nosotros las engullíamos en nuestro escondite.
También el jugo hedía. Una vez fuera del arbusto
el fruto fermentaba, la carne dulce se tornaba agria.
A mí siempre me hacía llorar. No era justo
que aquellos maravillosos tarros olieran a podrido.
Cada año esperaba que se conservaran, sabiendo que no lo harían.


Seamus Heaney. Recogida de moras. Muerte de un naturalista.

Permanencia

Es denso el desánimo respirado a bocanadas de madera negra, como la atmósfera febril de nuestro planeta, el pesado mirar hacia el horiz...