La poesía no engorda



Qué vago y qué trampa
es un poema,
qué caprichoso, qué falso,
qué fácil, qué absurdo,
qué efímero, qué complicado...


Esta anarquía comunista
(tan distópica)
no sabe
disimular su última capa de mentira,
la punta visible de sus axiomas primigenios:
la poesía
es la mitad de un par de alas
para volar sin rumbo,
un revolver perentorio
tanteando el paladar.


La poesía no engorda,
engordas
tú.



La fiesta (Laura Wittner)



La fiesta

Levantaron la compuerta del baúl
y salimos arando hacia el fondo del cielo.
Carreras, equilibrios y verticales-puente
en ámbitos que se levantaban y caían
a nuestro paso, según nuestra voluntad:
galerías con arcos y columnas,
infinitos gimnasios con pisos de madera,
tinglados ásperos con reverberaciones,
y así...

Figuras finas y flexibles, fuimos, en esa tela inmensa
donde el mayor esfuerzo del pintor había estado en la luz:
llegar al tipo exacto de luz con el óleo
y de paso atrapar la blandura del aire;
el punto exacto, en óleo, de esa consistencia.

A los grandes los volvimos a ver
dos o tres veces a lo largo del día.
Por el momento no eran más que una idea
o varios pares de sombras demarcantes:
esto es centro, esto es suburbio y lo del medio es no-terreno,
sin saber que tragábamos aire casi ilegalmente
de y en cada una de esas franjas
siempre a punto de pasar a ser otros.

Todo cambió cuando corrieron el toldo con la noche.

Sin la velocidad de los espacios abiertos
nos subsumimos en zonas apretadas,
pozos a compartir con las luciérnagas.

Tanta luciérnaga en los ojos,
tanta humedad y reflejos estelares–
como el confeti o el rocío de sal,
o ese humo abrillantado de las grandes explosiones– 
funden los cinco sentidos en un sexto.
Pispeamos desde ahí a nuestros padres en sombras:
y resultó que se habían puesto a administrar
una fluida intimidad en la que cada recoveco
servía de altarcito para un símbolo.

Tierna es la noche, parece, nos dijimos.
O qué nos podemos haber dicho.

Salvo que sí, hay una subcorriente
nocturna, como en cualquier día de playa
bajo la sólida costa, por las venas iodadas
transcurre lo decapitado en general.

Laura Wittner (Buenos Aires, 1967), Balbuceos en una misma dirección, Gog y Magog, Buenos Aires, 2011



Leído en Otra iglesia es imposible

La autopista del Norte



Fuimos un renault en un atasco.
Esta vez sin sur ni promesas ni ciudades.
Apenas autopista y lluvia. Noche. Solo tú, también, a veces,
alumbrando los papeles
como un astronauta erudito.
El piloto miope que trajina en las palancas
dibuja en su mente
las esquinas de otro habitat,
otra saturación, otras luces, otras páginas.
En ciclos y muy rápido: la tregua sorda
de un parabrisas censor
que borra todas las gotas
y todos los sueños sobre el cristal
con un par de lenguetazos letales.
Los posibles cuerpos abandonados
en el arcén hacen biodegradable este paseo.
También se han perdido decenas de poemas
a los que les ha sobrado un verdugo
y les ha faltado el tiempo adecuado para
echar unas raíces
y germinar como dios manda.


Permanencia

Es denso el desánimo respirado a bocanadas de madera negra, como la atmósfera febril de nuestro planeta, el pesado mirar hacia el horiz...