Algunas veces





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Algunas veces
salgo a correr por las tardes.
Otras veces cojo la bicicleta
para llegar al centro
de la ciudad.

Pienso poco.
Vienen a ser
ráfagas breves
de pensamientos ligeros,
sin demasiado compromiso
ni complejidad.
Pensamientos rasos y rápidos
como aquellas golondrinas
que volaban en desorden
entre los campanarios
mientras Coimbra atardecía
en calma.

Pienso poco, hablo poco.
No hay mucho más.
Algunas veces me expongo
al ridículo. Adrede.
Solo algunas veces.

Leo poesía en el parking
antes de entrar
a la oficina (Brecht, Cavafis)
y, algunas veces,
antes de apagar la luz
por la noche (Vilas, Gamoneda)

Apenas como pan
ni bebo cerveza
cuando ceno
solo en casa
viendo una serie en HBO
con los pies
encima de la mesa
y la ventana del salón abierta.

Lloro emocionado
en cada película
de Ken Loach.
Me río con algunos libros
y solo me divierto de verdad
al volver a ver mi infancia,
como un fantasma que reaparece,
en los ojos marrones de mi sobrino
(Algunas veces mira con ensoñación
al cielo mientras me habla
y otras veces me cuenta
cómo le fue en la última fiesta
de cumpleaños con sus amigos)

Pienso poco
y siento demasiado.
Sé que debería pensar más.
Aguantar el pensamiento,
conservarlo limpio,
mantenerlo unas horas,
unos dias mejor,
y cuando esté maduro
el pensamiento
plantar la semilla
de alguna revolución,
pequeña y sincera,
que me sirva para una semana
o al menos sobreviva
a la tarde del domingo.

Escribo poesía
algunas veces.
Muy pocas.
Debería esforzarme
y escribir más veces.
Y no esperar a lo trágico
ni a lo sublime.
Ni a lo excitante
ni a lo mundano.

También yo tendría
que mirar más al cielo
y pensar.
Pensar un poco más.
Mirar y pensar.
Todo a la vez.
Como un viajero o un astronauta.
Como Pessoa.


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