30 abr. 2010

Zafra, Gloria, Santísimo (micronovela en urgencias)










CAPÍTULO 1


Zafra, Gloria, Santísimo
Las palabras cansadas para cansar al dolor. Palabras que atribuyo al más allá encerradas en el más acá del hospital. Hay cabezas que a veces se asoman tras las paredes para llamar a los pacientes. Todo el mundo parece tener un nombre y un par de apellidos. A lo lejos veo una figura que no puedo dejar de identificar con el cuerpo escultural y voluptuoso de La Rubia.


CAPÍTULO 2

Cuando vuelvo de comprobar que la rubia no está en urgencias esta tarde voy al fondo del pasillo a experimentar el efecto del bosque verdísimo fotografiado en la pared de los lavabos. Parece decir a los heridos expectantes: "hay un mundo de satisfacción ahí afuera"


CAPÍTULO 3

Por un momento pienso que mi espera en urgencias es una impostura más, una aventura para escapar del hastío primaveral. Alrededor todo parece ignorarme. Hay pacientes que adoptan una actitud de fuga, merodean la salida del pasillo y a la vuelta de la esquina, pensando que nadie les observa, tantean la pared en busca de un pasadizo a cualquier otra parte. Yo hace un buen rato que soy un esquirol del plan de fuga y me limito a disfrutar y concentrame en el dolor que me aprisiona el brazo. Me empeño en elegir ese dolor y el hormigueo burbujeante como la única salida, mi redención. En frente a la puerta de la consulta siete un hombre consuela a su pareja que se encuentra trémula y desesperada sentada sobre uno de los bancos del recibidor. Él, de pie, parece ofrecerle su sexo en una felatio inverosímil teniendo en cuenta las circunstancias de este primaveral día en urgencias.


CAPÍTULO 4

Estornudo tapando educadamente la boca en la manga de la chaqueta sabiendo que este gesto se produce en un ambiente dudosamente aséptico. Me acuerdo de que nunca recuerdo el código postal de mi residencia actual. Me lo pidió reiterativamente una funcionaria despistada, desesperante y maravillosa que aseguraba que un mil ochocientos no correspondía a ningún código de esta ciudad. Estornudo otra vez. Pienso en el porcentaje de gente que estará aquí por cuentitis y pienso por un momento si yo soy uno de ellos.


CAPÍTULO 5

Me jode pero está suceciendo. El dolor se va poco a poco. La latencia del brazo se debilita y se alarga el calor que produce el bombeo del nervio hasta la muñeca. Una lástima, me hubiera gustado llegar a la consulta en el plenas facultades, hablar de tú a tú al médico en pleno culmen del dolor.


CAPÍTULO 6

Algo pasa ahora. La gente se agolpa en lo que antes fue la puerta de la promesa de la fuga. Una voz enérgica va cantando nombres y rectifica en un tartamudeo reiterativo pero controlado la mención de los pacientes cuyos familiares esperan. Éstos atienden con tristeza pero también con impaciencia el momento de reconocer un nombre cercano y acceder a la sala contigua. La entonación monótona, casi dictada según convenio, se apaga al final, y como en un exabrupto sale de escena: ¿arguien que no haya nombrao?


CAPÍTULO 7

Ya está, se acabó, son las ocho y media de la tarde de un miércoles. Hace dos días que entré en urgencias con dos brazos y un reloj en la muñeca izquierda. Ahora estoy en casa, en el sofá, viendo el partido. Sólo puedo consultar la hora con la mano derecha. Mi equipo gana pero yo soy (y los años lo están demostrando) cada vez menos simétrico.
Pienso: Zafra, Gloria, Santísimo y me echo a reir al mismo tiempo que intento comprender qué pueden significar estas palabras para un manco despistado.


3 comentarios:

Ermo dijo...

La rendición suele ser la mejor redención, y en las salas de espera siempre han nacido buenas canciones.

Isra dijo...

las salas de espera de los hospitales es un buen lugar para escribir...
y si la buena música suena, mejor q mejor. preciosa canción, tremendos Editors

LatitadeAlmendras dijo...

me gusta tu crónica de urgencias. y la segunda parte? venga, que sé que le has cogido gustillo a las urgencias...

ánimo! ya mismo corre que te corre otra vez