14 may. 2010

Tragedia, humor y comunicación

Escrito después de una noche de risas y (mal)entendidos:


De entre todos los antídotos, apaños y placebos que podemos utilizar para seguir permaneciendo cuerdos en este mundo el humor se alza no sólo como una vía accesible sino también como un propio modo de ver, comprobar y reproducir la vida (de hecho uno de esos procesos de ver-comprobar-reproducir es aquel que llamamos parodia) El humor atraviesa niveles comunicativos entre las personas. Tras una manifestación o acto humorístico efectivo podemos topar consecutivamente con capas como la empatía, el afecto, esa especie de contextualización a lo personal (un llevarse a nuestro terreno lo que percibimos) y muchos otros estados que se acercan a sentir como pero nunca son definitorios de ello.

Hasta la propia palabra empatía denota identificación, espejos, un poco menos que ignorar lo que el otro o la otra siente, un poco más que la percepción de los hechos. Todo esto no nos salva ni mucho menos de la selva trágica que es no entendernos en un mundo en el que las relaciones personales sobreviven malamente gracias a lo que los seres humanos proyectamos y muy en menor medida a lo que realmente somos. Preguntarse qué parezco, qué aporto a mi propia consideración desde fuera, qué soy para los demás, etc. es descender inútilmente a una vía sin salida, un camino transitable pero infinito, casi como una claudicación: somos lo que transmitimos y transmitimos lo que somos y nunca nadie nos va a conocer de verdad (sí lo veo posible en la puntualidad: un grito, una reacción; nunca en la continuidad)

Pero el humor, en su versión más instintiva, mediante todo ese cóctel transcomunicativo (identificación, empatía, reconocimiento, cercanía, etc.) nos salva (de milagro pero nos salva) de la tragedia total y nos habilita para vislumbrar, aunque sólo sea durante un instante fugaz, qué hay más allá de todas esas máscaras que por diversas razones sustituyen a lo que realmente somos.

¿Sabes lo que te quiero decir?

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